jueves, enero 08, 2009

76 (segunda parte, el cambio repentino)


"Alguien voló sobre el nido del cuco" (Milos Forman) arrasa en los Oscars. Mientras tanto "Taxi driver" deslumbra en el antiguamente prestigioso festival de Cannes. La censura afloja y permite el estreno patrio de "El gran dictador" (Charles Chaplin, 1940).
Y de cine fue la movida de los carlistas en Montejurra, con tiroteos y muertos entre facciones.
Como de guión jolibudiense fue la operación del ejército israelí para liberar a 104 rehenes del aeropuerto de Entebbe, en esa Uganda gobernada con pegajosa crueldad por el inefable Idi Amin Dadá.

Disturbios en Soweto nos recordaban que la película en blanco y negro del apartheid seguía proyectándose una y otra vez, al sur del continente.
Con estas y otras tensiones, boicot de los países africanos, exclusión de Taiwan, comenzaron y terminaron los XXI Juegos Olímpicos, en la ciudad canadiense de Montreal.
Escribe Erich Segal en The New Republic: "Un viejo mito: la idea de que la competición engendra la fraternidad. Los griegos fueron racistas incorregibles. Un atleta, para participar en los Juegos, debía probar que era hijo legítimo de padres griegos. Alejandro II de Macedonia sólo pudo inscribirse presentando una detallada genealogía. Gracias a Alejandro III, el Grande, los macedonios pudieron inscribirse sin dificultad, así como los atletas orientales de los países conquistados. Pero los exclavos siguieron siendo excluidos. En Olimpia, el mejor no ganaba siempre pues, muy a menudo, no podía participar".
Pero se nos quiere hacer creer que los viejos Juegos estuvieron siempre exentos de todo chauvinismo, nacionalismo y otras degradaciones pretendidamente modernas".

Fue, pese a todo, la olimpiada de Nadia.

España se adhería a la Convención de Derechos Humanos y Suárez era nombrado presidente (entre la desconfianza general). De su mano llegó la primera gran reforma. España dejaba de ser un régimen orgánico-corporativo para empezar a transformarse en una democracia parlamentaria.

"Los cambios repentinos son las leyes fundamentales del universo. El nacimiento es un cambio repentino; la muerte también". La frase pertenece a un discurso de Mao Tse Tung, el timonel férreo de la República Popular China, que moría con estrépito silencioso.
También moría Fofó, uno de los payasos de la tele (dicho literalmente, que todavía no existían los zánganos del Gran Hermano). Iba de rojo, pero molaba mucho más que el robaalmuerzos chino.
Rojo era el mono de Niki Lauda, campeón del mundo de Fórmula 1, que se salvó de milagro en un dramático accidente que convirtió su monoplaza en una bola de fuego.

No nos libramos en tal año de un nuevo noviembre electoral yanqui. Venció un demócrata poco conocido, un sonriente ultracristiano llamado Jimmy Carter. Era el nuevo Kennedy (¿le suena a alguien?), hecho a sí mismo, un hombre nuevo. De cultivar cacahuetes al despacho oval, ¿puede ser?. ¿Qué será lo próximo? ¿un actor? ¿un niño bien? ¿un negro? ¿una mujer?. Bueno, lo de la mujer es broma, claro.

¿Y de qué se hablaba al finalizar el año? De la crisis, como casi siempre.
Decía Mariano Rubio, entonces subdirector del Banco de España: "Para salvar la economía es preciso un pacto entre derechas e izquierdas".

Menudo año bisiesto de sustos y siestas.
Con su partida de potitos radiactiva, su primer disco de Boney M. y todo lo demás.
Así salimos.
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2 comentarios:

Guillermo dijo...

Mi año no fue tan interesante. Aunque no sé si "interesante" es el adjetivo correcto ante determinados acontecimientos...
¿Es Boney M interesante?
Hum... Aunque te aseguro que aún se me van los pieses con algunos de sus hits (como se decía)

HombreRevenido dijo...

Boney M, tienen el desequilibrio pegadizo del año, Guillermo. Son un símbolo perfecto.