lunes, noviembre 13, 2006

Niños


El niño rompía las hojas en pedazos y casi lloraba.
Romper algo bello, algo superfluo, sin entender el porqué de su impulso. Abandonándose, sintiendo y, por primera vez, comprendiendo que ese es el desamparo mayor que nos otorga la existencia, que la desazón de estar haciendo mal, de estar blasfemando del universo de una forma que nadie, ni cualquiera de los demonios de las horas tristes, podría realmente perdonar.
De qué servían todo el silencio, toda la ocultación al mundo, toda su bondad subsiguiente, si había sido capaz de arrancar esa flor y romperla en pedazos, arrancar esa rama y romperla en pedazos, arrancar las hojas, todo lo bello e inevitable, y romperlas en pedazos. Llorar no sirve. Llorar es fácil. La realidad, el indescriptible abismo, produce un placer sordo y un dolor inmenso. Llorar sería otra blasfemia (su vida de niño se estaba convirtiendo en una concatenación de pecados). Por el mal perpetuo de la humanidad no conviene llorar; los árboles, los niños y las montañas lo aprenden una vez, y es para siempre. No hay que confundirlo con la inspiración de los pies fríos, que dura hasta la lumbre.

Que nadie interprete que allí se acaba todo.
Entender que la pérdida es el principio ofende los instintos, luego debe de tener algo de cierto, como el hambre de los viejos o la esperanza de los escépticos.

2 comentarios:

La empanadilla perdida. dijo...

Lástima que en la madurez ni siquiera destrozar algo bello produzca el bálsamo necesario para afrontar ciertos abismos, ni nos muestre que podemos ser más crueles de lo que la vida puede llegar a ser.

HombreRevenido dijo...

¿El ser humano más cruel que la vida? Interesante, empanadilla.
Los abismos son siempre relativos. Y en el hundimiento está implícito el resurgir.